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FRAY JERÓNIMO DE LUCENA


Entre los misioneros capuchinos andaluces que evangelizaron en San Juan de Payara, se menciona a FRAY JERONIMO DE LUCENA, quien evangelizó por 23 años en este pueblo, desde 1774, hasta el día de su muerte en 1797, por esto se puede considerar un sanjuanero más.

Nació este misionero en Lucena (Córdoba) en 1743; perteneció a la provincia religiosa de Andalucía, en donde se ofreció para misionar en los llanos de Caracas. Con este propósito salio de Cádiz el 19 de noviembre de 1773 y arribó al puerto de La Guaira el 22 de diciembre de ese año, pasando el primer año en la villa de San Jaime. Fue destinado a la reciente población de La Purísima Concepción de San Juan de Payara, fundada por fray Alonso de Castro en 1769 y formada de indígenas otomacos, taparitas, yaruros y guaranaos; en este pueblo Lucena pasará el resto de sus días dedicado a la catequización de los mismos, aun durante los años 1790 a 1793 en que desempeñó el cargo de Prefecto o superior de toda la misión. 

El padre Lucena conoció a la perfección las lenguas hablada por los otomacos, taparitas y yaruro, estolo llevó en 1788, en San Juan de Payara, a copiar en distintos días tres vocabularios, la de los otomacos el 16 de noviembre, la de los taparitas el 22 del mismo mes, y la de los yaruros, el 5 de diciembre. Los tres vocabularios se encuentran en un mismo manuscrito original de sólo 15 folios y lleva por título: Traducción de la lengua española a la otomaca (ff 1-3r), traducción de la lengua española en la taparita ( ff. 5-7), y traducción de la lengua española en la de india yarura (ff. 9-10). Esto llevó a padre Lucena a ser el autor más conocido de trabajos lingüísticos de la Misión de los llanos de Caracas.

Hijo ilustre de San Juan de Payara


José Vicente Abreu, hijo ilustre de San Juan de Payara


José Vicente Abreu, el hijo ilustre de San Juan de Payara, fue narrador, ensayista, periodista, que nació en 20 de junio de 1927, la calle lateral a la Plaza Bolívar de este pueblo, en la casa donde hoy se encuentra un negocio denominado “Domingo Santo”. Fue hijo del maestro talabartero trujillano Gabriel Abreu, natural de Sabana Larga, cerca de Valera y doña María de Jesús Rincones, de Guachara, donde nació en 1900; descendía de otomacos.

Su infancia la vivió en San Juan de Payara y en San Fernando de Apure. En San Fernando, cursó estudios primarios y secundario, en este pueblo en el que inició su actividad literaria a los 12 años colaborando en periódicos escolares.

Aprendió con su padre, don Gabriel, los secretos de la talabartería, y con Raimundo Rodríguez, en el semanario El Espejo, se inició en la tipografía y el periodismo. El periodismo le intereso mucho a José Vicente por ello estudio esta carrera en la Universidad Central de Venezuela (UCV), graduándose el el año 1949, en la promoción Leoncio Martínez. Fue un alumno ejemplar en aquella mítica Escuela dirigida por Miguel Acosta Saignes. Al año siguiente obtuvo título de Profesor de Castellano, Literatura y Latín en el Instituto Pedagógico de Caracas. A partir de ese mismo año, se destacó como uno de los más importantes líderes juveniles de Acción Democrática (AD) en la clandestinidad durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. En esas luchas subversivas fue compañero de Leonardo Ruíz Pineda, Alberto Carnevalli, Antonio Pinto Salinas y otros luchadores contra la dictadura perezjimenista.

El 26 de mayo de 1952, cae en manos de la policía política (Seguridad Nacional). A partir de entonces estuvo preso en las cárcel modelo de Caracas, después es trasladado a campo de concentración de Guasina a donde llega el 25 de julio, allí escribe Manifiesto de Guasina, luego es llevado al de Sacupana, y posteriormente a la Cárcel de Políticos de Ciudad Bolívar, en 1963, se separa de Acción Democrática y comienza a militar en el Partido Comunista de Venezuela. En diciembre de 1957, al salir de la cárcel de Ciudad Bolívar, se va al exilio en Panamá, Costa Rica y México, en donde vivirá hasta 1958, cuando regresa a Venezuela, en donde asumió la jefatura de redacción del periódico Tribuna Popular, vocero del Partido Comunista de Venezuela, hasta la clausura del diario en 1960.

En febrero de 1958, contrae nupcias con Beatriz Catalá Montenegro, dilecta hija de José Agustín Catalá, compañero de penurias carcelarias y posterior editor de sus obras principales. De la unión Abreu – Catalá, nacieron los gemelos Juan José y Manuel Vicente, José Agustín y Amanda Beatriz.

En 1962, un Tribunal Militar lo condenó a seis años y seis meses de presidio por su presunta participación en la Insurrección de Carúpano (ocurrida el 4 de mayo de 1962). En esta sublevación lo acompañaron Jesús Teodoro Molina Villegas, Pedro Vegas Castejón, Octavio Acosta Bello, Pedro Duno, Julio Bonett Salas, Simón Sáez Mérida, Eloy Torres, Rodolfo Gil, Modesto Martínez, Antonio Silano, Luís Vargas, Jesús Salazar, Antonio Marín, Héctor Fleming Mendoza, Luis Delgado, Américo Farías Abreu, Francisco Uzcátegui, Omar Sarmiento... El 7 de mayo, la Dirección Nacional del Ministerio de Relaciones Interiores, dio a conocer el siguiente comunicado:

“En la tarde del día de hoy el Destructor Morán, unidad de las Fuerzas Navales Venezolanas, interceptó una lancha que huía de las costas venezolanas y capturó a sus ocupantes, quienes resultaron ser dos oficiales de los alzados en la ciudad de Carúpano: Teniente Héctor Fleming Mendoza, el Sub-Teniente Eufrasio Silva Mata, y los civiles Diputado Eloy Torres, miembro de la Dirección Nacional del Partido Comunista; José Vicente Abreu; Pedro Lugo; Luis Muñoz Rodríguez; Doctor Enrique Centeno Lovera; Víctor Manuel Pérez y Niquita Figueroa, miembros de los partidos comunistas y del Movimiento de Izquierda Revolucionaria.

“En acuerdo con el Art. Nº 143 de la Constitución Nacional se dará cuenta a la Cámara de Diputados de la prisión del Diputado Eloy Torres.

“Fue igualmente capturado el Teniente de Fragata Farías Abreu, quien se entregó voluntariamente. Tanto en Carúpano, como en todo el país reina absoluta normalidad. En el día de mañana la Dirección Nacional de información emitirá un comunicado donde cuenta de las actividades cumplidas por la Dirección General de Policía en resguardo del orden público, incautándose armas, material subversivo y terrorista en poder de los militantes del Partido Comunista y Movimiento de Izquierda Revolucionaria. En Carúpano prosiguen las investigaciones sobre las implicaciones civiles, en la sublevación del Batallón de Infantería de Marina Nº 3”

Preso en la Cárcel Pública de Ciudad Bolívar, en los mismos calabozos en donde había sido recluido durante la dictadura de Pérez Jiménez, esta vez tendrá como compañeros de prisión a sus antiguos carceleros: Juan Manuel Payares y Alfredo Martínez. En el mes de agosto comienza a cumplir condena el Cuartel San Carlos, en donde escribirá su libro de poesía Camarada Paloma. También escribió numerosos artículos de prensa en diversos periódicos y revistas venezolanas y del exterior, así como varios reportajes y semblanzas sobre los caídos en los combates contra la dictadura y sobre los hechos más resaltantes de aquella época del desprecio y la barbarie.

En 1963, ante sus quebrantos de salud, sin duda a consecuencia de tantos años de persecución, torturas y agobio, el 19 de agosto, visto el informe médico suscrito por el doctor Fernando Rísquez Iribarren, y de conformidad con lo pautado por el Código de Justicia Militar, el Ministro de la Defensa acuerda entregar el prisionero a José Agustín Catalá, bajo “fianza de custodia”, pues según el parte médico requería ser tratado en ambiente familiar. Por tal razón le fue otorgado el beneficio de “casa por cárcel”. Se reencuentra con la familia y es entonces cuando decide revisar los manuscritos pergeñados en la Cárcel de Ciudad Bolívar diez años antes, cuyos originales los había entregado a José Agustín Catalá (en febrero de 1958), los cuales se había negado a revisar para no recordar el drama de aquellos años. Tales manuscritos son el núcleo del libro Se llamaba SN, el cual fue publicado el mes de julio de 1964. Al año siguiente la editorial Venceremos, de La Habana, Cuba, publica su obra Se llamaba SN. Su salud se resiente aún más, por lo cual logra que se le sea conmutada la pena de cárcel por exilio. El 4 de mayo, sale rumbo a Moscú y Checoslovaquia, a donde se le uniría su familia. En Bulgaria, en su capital Sofía, se desempeñará como profesor universitario de literatura española y latinoamericana. Luego, se traslada a La Habana, en donde permanecerá aproximadamente dos años, hasta 1967.

De nuevo en Venezuela, dirigió la Imprenta de la Universidad Central de Venezuela y formó parte del cuerpo de directores del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG). Su obra Se llamaba SN es traducida al alemán.

En 1982, fue integrante del Jurado en la IV edición del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, junto a Carlos Fuentes (México), Augusto Roa Bastos (Paraguay), Manuel Mejía Vallejo (Colombia), Antonio Cornejo Polar (Perú), Carlos Barral (España) e Ignacio Iribarren Borges (Venezuela). El galardón recayó en la novela Palinuro de México del escritor mexicano Fernando del Paso y el premio consistió en diploma, medalla de oro y cien mil bolívares o su equivalente en moneda extranjera. Para esta versión del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos concurrieron treinta y siete obras. Hubo nueve finalistas: La Habana para un infante difunto, de Guillermo Cabrera Infante (Cuba), Lope de Aguirre, príncipe de la libertad, de Miguel Otero Silva (Venezuela), Daimón, de Abel Posse (Argentina), Te dió miedo la sangre, de Sergio Ramírez (Nicaragua), La tumba del relámpago, de Manuel Scorza (Argentina) y La Isla de Robinson de Arturo Úslar Pietri (Venezuela).

En noviembre de 1985, Abreu publico su libro Palabreus. Esta obra fue bautizada el 2 de marzo del año siguiente, en sesión solemne de la Cámara Municipal del Para entonces Distrito Pedro Camejo. presidida por Luis Alejandro Malpica.

El el 25 de abril 1987, Abreu muere en la ciudad de Caracas. Durante su vida como escritor y político, utilizó varios seudónimos, entre ellos los de Martín Martínez, Máximo Miliciano, Guanipa y José Bello.

Bibliografía


Su bibliografía consta de más de 29 títulos entre los cuales destacan, Manifiesto de Guasina (1952), obra inspirada en su experiencia en la cárcel del mismo nombre, a la cual fue trasladado en 1952, texto que fue publicado en 1959, bajo el título de Guasina. Donde el río perdió las siete estrellas, Se llamaba SN (1964), Las cuatro Letras (1969), Toma mi lanza bañada de plata (1973), Rómulo Gallegos, ideas educativa en La Alvorada, Palabreus (1985), Cartas de la prisión y el exilio (1987) Sojo, medio siglo de música (1987), Camarada Santa (yo soy el guerrero muerto) (2002), Camarada Paloma (2007), entre otras.

Reconocimientos
Entre los reconocimientos revividos descantan la orden Rómulo Gallegos en su segunda clase, otorgada en San Fernando de Apure, en noviembre de de 1981; la orden al mérito al empleado universitario del año otorgado por la asociación de empleados de la Universidad Central de Venezuela en 1983; la orden Cecilio Acosta en su primera clase, otorgada en Los Teques, Estado Miranda en 1984; orden Hijo ilustre de San Juan de Payara en 1986.

Abreu y el Billete se 20 bolívares

A manera de chanza, José Vicente preguntaba a sus amigos si querían tener una fotografía de él, y si le contestaban afirmativamente sacaba un billete de 20 Bs. (La imagen del General Páez era muy parecida a la del poeta).



Pedro Camejo


PEDRO CAMEJO

Por Leonidas M. Scarpetta y Saturnino Vergara


CAMEJO PEDRO. (Alias negro primero). Teniente – Nació en Venezuela. Esclavo de don Vicente Alfonzo, rico propietario del Apure, lo puso al servicio del rey, y con sus tropas peleó contra las de Páez, en la acción de Araure. Disgustado con la causa que defendía, se ocultó, y después de la victoria del Yagual obtenida por aquel, se le presentó, y con él estuvo en la toma de Pedraza, en el Mamón, contra el realista comandante Teodoro Garrido. En la toma de Barinas contra Remijio Ramos, a órdenes de Páez de quien nunca se separó. Se encontró en la acción de Santo Domingo contra Aldana, el comandante Ranjel. En Chorrera, San Juan de Payara, cogiendo 14 embarcaciones en el Arauca, cerca de la ciudad de este nombre, con 50 hombres de caballería. En la cogida de la escuadrilla enemiga en el mismo río, con Páez y 300 lanceros, en las bocas del Coplé, en la que pasó Bolívar y su ejército. Estuvo en la acción de la Misión de Abajo. En Oriosa, Sombrero, San Fernando, Biruaca y el Negro, Enea contra el español José María Quero, en donde encontraron en un palo la cabeza del valeroso patriota coronel Jenaro Vásquez; en el Rincón de los Toros, en donde escapó Bolívar que lo asesinara el realista Mariano Renovales, de los de la tropa del coronel Rafael López, que murió en el combate, y en cuyo caballo montó Bolívar por presentárselo el comandante Rondón que lo cogió. Cojedes, Guayabal, el 28 de mayo de 1818, Cañafístolo, La Garrama, y por último en la célebre jornada de las Queseras del Medio, con Páez y sus 149 compañeros que formaron esa legión de 150 héroes que ejecutaron la acción más gloriosa de aquellos tiempos. En las batallas de la Sacra Familia, La Cruz y Carabobo 2a, donde la primera bala que se disparó lo privó de la vida, dejando a Bolívar y Páez llenos de dolor por la pérdida de este hombre sencillo y modelo de los valientes, amado de todos por su gracioso decir.

Pedro Camejo




 

LA SOMBRA NEGRA1

A Joaquín Lafaurie.


Los historiadores ignoran, o aparentan ignorar, el por qué del apodo de Negro Primero dado al teniente Pedro Camejo. Páez mismo, tan justiciero con los valientes que lidiaron a sus órdenes en las campañas de Venezuela, consagra tres páginas de su autobiografía a referir chistes y originalidades de Camejo, sin explicar tampoco de dónde proviene el mencionado apodo.
Quién sabe si este olvido sea por una especie de piedad, puesto que de todos modos es horrible derramar la sangre de nuestros semejantes; pero siendo así, Páez y sus conmilitones debieron renunciar a sus nombres de combate: El León de Apure, El Tigre encaramado, Los soberbios Dragones, etc., no fueron meno sanguinarios que el Negro Primero.
¿O será porque ese título, ya que por tal debemos tenerlo, es en cierto modo depresivo si no del valor: sí de la destreza de los demás ]laneros?
Sabido es que Camejo en los combates mojaba el primero su lanza: de ahí el dictado.

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Era Camejo, un esclavo de Don Vicente Alfonso, rico propietario en el Apure. Por su valor y maestría en el manejo del caballo, como por su vigilancia, discreción y malicia, el amo lo destinó al servicio de las armas, y peleó contra Florencio Palacios en la acción de Araure. Una circunstancia lo hizo desertar de las filas del rey.
Después de la batalla, el ejército realista pernoctó en la Villa, y el Jefe español obligó a Camejo a cavar sepulturas para oficiales peninsulares. Camejo reclamó de aquella distinción odiosa, más en vano: era americano, era negro, era esclavo. Con otros de su misma condición se puso, pues, al trabajo, ya bien entrada la noche.
Camejo refería después, con infantil candor sus sustos durante aquellas horas mortales. Jamás había ido a un cementerio; y sea por los vicios de la educación española, o porque la mansión de la muerte impone de suyo, el negro esclavo sudaba a torrentes, erizado el cabello, espeluznado el cuerpo. El tropezar del pie con una cruz de madera musgosa y movible al buscar apostura para descargar con la azada el golpe en la tierra, el olor nauseabundo, el hundimiento de la barra cuando esperaba hallar resistencia, la pala al chocar con las gruesas arenas y las piedras menudas, aquel hacinamiento a los bordes de la sepultura de barro húmedo, pedazos de madera y humanos despojos; y todo esto iluminado a los rayos moribundos de una luna que se apaga en el horizonte, cuando se oyen a lo lejos el canto monótono del gallo y los aullidos del perro, y cuando un viento tibio a bocanadas nos da en el rostro; pues a fe que en situación semejante fuera de verse a cualquiera de estos hombres despreocupados que se ríen y se burlan de la muerte.
A la noche siguiente, Camejo tuvo sueños horribles.
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Una procesión de espectros, precedida por una Sombra negra, llegaba hasta su lecho y le interrumpía el descanso. Era en vano apartar con la mano aquella visión importuna; en vano cerrar los ojos y volverse a este, al otro lado: la Sombra siempre delante, le abría los párpados, obligándole a fijar la mirada y con sólo tocarlo crispaba sus miembros con las apariencias de la muerte. Quería hablar, pero la voz se ahogaba en su garganta.
Camejo no pudo evitar que lo amortajaran, que lo encerraran en la caja fatal. Camino del cementerio, la Sombra, en esas posas ordinarias en todo entierro mayor, atravesaba por en medio de aquel concurso de espectros, y se llegaba al negro, y le decía al oído:
Bien merecido lo tienes, puesto que fuiste a turbar el reposo de los muertos.
Y seguía la fúnebre procesión, y la Sombra volvía y revolvía y el desdichado Camejo veía cómo cruzaban en tropel ante su vista aquellos despojos humanos que él habia removido la noche anterior en el seno de la tierra; cómo se buscaban los huesos y se juntaban; cómo se animaban luego, y cómo de aquellas calaveras con remedos de boca, salían voces de otro mundo que clamaban:
¿Qué mal te hice para que fueras a inquietarme? ¿Por qué no me dejaste dormir? ¡Maldito seas, negro esclavo! ...
Camejo sentía un frio letal, que discurría por todo su ser. Trataba de moverse, de pedir socorro, de volver a otro punto los ojos, pero la Sombra le salía al paso para detener cualquiera de sus impulsos.
Así llegaron a la puerta del cementerio.
Una luz amarillenta iluminó de pronto aquella necrópolis. Las cruces negras con sus letras y números blancos, señalaban el derrotero del camino; las bóvedas saltaron en pedazos con lúgubre son; la tierra se esponjó como levadura, y nuevos espectros vinieron silenciosos a formar en calle. Un canto que salía de los osarios daba triste solemnidad a aquella fúnebre escena.
Camejo reparó en que le tenían destinada una de las fosas que él mismo había abierto en otro tiempo, y trató de incorporarse; mas la Sombra paralizó su sensibilidad.
Vio cómo le conducían al borde de ella y que en ella lo botaban; sintió que la tierra buscaba su nivel; que los espectros volvían a sus tumbas, que las cruces las señalaban de nuevo, que cesaba el canto, y que de pronto, bajo el montón de tierra, la Sombra Negra lo estrechaba contra su seno, murmurándole al oído:
¡Voy a revelarte ahora los secretos de la tumba!
Camejo se despertó adolorido y con ese malestar de ánimo que sucede siempre a una pesadilla.
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Páez, en su, autobiografía, no refiere todos los pormenores acerca de la manera corno se le presentó el Negro primero; pero nosotros, que contamos largos años de andar ,en pesquisas de tradiciones y memorias tenemos ·el deber de consignarlos aquí.
Desde luego, Camejo quedó aterrado con aquel sueño que, dada su condición, tenía que ser para él una revelación del demonio.
Meditó en la esfera de su inteligencia y a la luz de su superstición, acerca de aquella noche en que había ido a turbar el reposo de los muertos y recibido por ello el castigo merecido; que lo habían obligado, bien es cierto, así como también que obedeció sin voluntad, de donde dedujo que somos nosotros mismos quienes podemos estimar mejor las acciones buenas y malas, y no un déspota o amo. De este raciocinio a la idea de la libertad no hay más que un paso. Camejo, pues, vino convencido a las filas de la Independencia.
¡Comandante! —le dijo a Páez después de la acción del Yagual—. Yo he peleado contra usted; pero quiero ser libre, quiero pelear ahora por la libertad: recíbame en su gente.
Está bien—contestó el héroe con indiferencia—. Ve a que te alisten en el escuadrón Guías, y escoge lanza y caballo.
Pongo una sola condición— observó el Negro.
Vamos, despacha pronto, ¿qué quieres?
Que el día en que asaltemos alguna ciudad o pueblo, no me destinen al ataque del cementerio, ni a defenderlo si somos atacados en él; Y que si me matan, no me entierren en Campo Santo.
Los llaneros son creyentes, y Páez, disgustado, reparó en el Negro con torvo ceño. Sin embargo, para concluir le dijo:
Concedido.
Camejo lanzó su sombrero al aire y gritó lleno de alborozo:
  • ¡Viva la libertad!
Después, la historia reza sus hazañas. Vino Pedraza, El Mamón, Barinas, Churrera, San Juan de Payara, Coplé, Misión de Abajo, Uriosa, Sombrero, San Fernando, Biruaca Ortiz, Rincón de los Toros, Cojedes, Guayabal, Cañafístola, Gamarra, Queseras del Medio, Sacra Familia, La Cruz!...
La Cruz fue una acción terrible y sangrienta.
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El 22 de julio atacó Páez con 500 caballos, y don Juan Durán, con 350 veteranos del batallón Barinas, le cerró el paso en todas las bocacalles del pueblo.
Páez porfió.
Con aquellas cargas que sólo sus llaneros sabían dar, obligó al enemigo a concentrarse en la plaza y en el cementerio; entonces nuestro héroe dividió sus jinetes en dos grupos y ordenó un ataque general. El atacó por la plaza y el Coronel Urquiola por el cementerio, pero a un mismo tiempo fueron rechazados. Otro ataque, un tercero: todos fueron inútiles.
El batallón Barinas estaba sin un oficial siquiera: lo que restaba de las compañías era mandado por Sargentos o Cabos. Nuestras mejores lanzas yacían también por el suelo. Urquiola, el Comandante Navarro, el Mayor Gamarra, Gómez, Arraiz, Esteves, Ledesma, Peña, Oliva.... oh! qué carnicería aquélla!
El Negro Primero era el Oficial de mayor graduación que quedaba al frente del segundo pelotón, y recibió orden de atacar. El asalto fue prevenido con un toque de atención, al que siguió el de la señal de degüello. Páez, por fin, penetró en la plaza, y por sobre un montón de cadáveres voló con veinte húsares en auxilio del Negro Primero; mas éste había ocupado el cementerio, y Páez lo halló con el caballo hundido en tierra hasta las rodillas, rígido sobre la silla, rendida la lanza.
Camejo, le dijo, ¿te han herido?
No, peor que eso— contestó el Negro.
Pero, ¿quién demonios te detiene ahí?
  • La Sombra negra.
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Camejo desobedeció la orden de pernoctar con sus jinetes sobre el campo conquistado, gloria que reclama y disputa siempre todo vencedor, y se retiró a las afueras del pueblo.
En vano Páez amenazó, rogó: el Negro Primero estuvo inflexible.
Durante el combate —le dijo— era mi deber obedecer. Después del triunfo reclamo la palabra de mi General.
Páez recordó la palabra dada, y comprendió que no tenía el derecho de insistir.
Pero explícame a lo menos ¿cómo es que te bates como un león, y luego te asalta el miedo como a un niño?
Porque yo no temo la muerte, sino a los secretos del cementerio. Ah! yo la vi, yo la oí —continuó el Negro Primero, animándose—. Si mi general supiera!... Al saltar por encima de las tapias, un vapor que brotaba de la tierra principió a tomar forma delante de mí. Yo cargaba y volvía a la carga, y el vapor se iba convirtiendo en una Sombra negra. Ya no había enemigos; todos habían perecido en la punta de nuestras lanzas, y entonces la Sombra detuvo mi caballo por la brida, lo hundió de patas en la tierra, y acercándose a mi oído, me dijo airada:
¡Temerario! ....
A su voz, sentí mis brazos y piernas rígidas; el frío de la muerte se apoderó de todo mi ser; no hallé voz para llamar a mis jinetes, y mis ojos, como paralizados en sus órbitas, no dejaban de mirar aquella risa satánica que plegaba sus labios y que en sueños otra vez me había aterrado.
¡Temerario! —repitió—, ¿para qué vienes a turbar la paz del cementerio?
Y me atraía hacía, sí, y se resbalaba conmigo bajo los cascos de mi caballo, y en tocando en el fondo de la fosa me dijo:
¡Voy a revelarte ahora, sí, los misterios de este sitio!...
¡Perdón, perdón! — le repuse— ¡la culpa no fue mía!
Vete, pues —agregó por Último—. Van dos veces ya: a la tercera.... no habrá piedad para ti.
Páez guardó silencio porque no podía comprender aquel desvanecimiento de ideas, y repasó el Apure, con lo cual renunció a las ventajas que había alcanzado en aquella acción sangrienta y desigual.
Después del combate en La Cruz, el Negro Primero no Se ocupó más que en disciplinar reclutas, domar caballos, coger toros y ponerlos ,en dehesa.
    __________
No. había corrido un año. todavía.
Era el 24 ,de junio, 2a. Carabobo.
El ejército. español, en línea, al frente de la llanura, aguardaba la batalla.
El batallón Apure ,comenzó a pasar el desfiladero por un movimiento sobre la derecha, y Burgos, Hostaniche 'y Barbastro, llegaron a tiempo. para detenerlo.
El británico refuerza al Apure; con todo, no pueden atravesar el riachuelo que corre antes de llegar a la Pica de la Mana.
Entonces Páez manda cargar por el flanco. Izquierdo un cuerpo de caballería, compuesta del escuadrón Guardia de Honor y del Estado Mayor montado.
El enemigo abandona la altura para hacer frente a nuestros jinetes, y el Negro Primero cae muerto al cerrar contra Balbastro!.... 2
El Negro Primero, por sus preocupaciones y su nombre no quedada bien en un estrecho cementerio.. Necesitaba de amplia tumba, al calor del sol, entre bosques de laureles y rodeada de trofeos!... Dios, que así lo dispuso, iluminó la bóveda del cielo en la noche serena que sucedió al día de la batalla; un ángel batió sus blancas alas sobre la tumba del héroe, y la Sombra negra huyó a perderse para siempre en el antro de las eternas inquietudes!...
Luis Capella Toledo

 
1Conservo esta locución tal como me la dieron en los llanos. Por más irregular que ella parezca, yo no me he creído con derecho para hacerle ninguna alteración.

2 "En Carabobo 2.a la primera bala que se disparó privó de la vida a este hombre sencillo, modelo de los valiente, dejando a Bolívar y a Páez sumidos en el dolor". Scarpetta y Vergara, Diccionario Biografico. 

Fray Alonso de Castro


Fray Alonso de Castro, fundador de San Juan de Payara


Andaluz, cordobés del pueblo de Castro del Río fue el fundador de San Juan de Payara, fray Alonso de Castro, miembro de la orden franciscana y nacido en 1736. Recién ordenado sacerdote fue enviado a las misiones en Venezuela arribando al puerto de La Guaira el 18 de marzo de 1764 , junto con otros trece misioneros, entre otros fray Tomás de Castro, fundador de Camaguán y de Guayabal y Juan de Málaga, también fundador de pueblos en los llamados “llanos de Caracas”. Fue hermano de fray José Antonio de Castro igualmente misionero en los llanos venezolanos y en 1780 en Turén. El padre Alonso de Castro primero fue enviado a la misión de Aguablanca (Portuguesa) en 1764 y el mismo año, en diciembre pasó a las duras misiones del Orinoco y Río Negro con base en San José de Maipures (hoy en territorio colombiano por el injusto Laudo Arbitral de 1891) donde sólo estuvo tres meses pues aquejado de paludismo, debió salir de la zona amazonense en marzo siguiente. Pasó a la misión de San Jaime importante pueblo que fue cabeza de playa para las misiones del Apure; posteriormente se le envió a Aguablanca y a Tinajas. De esta última población fue enviado al Bajo Apure y le correspondió fundar la misión de la Purísima Concepción de Payara permaneciendo allí seis meses, tiempo en el cual le correspondió construir la iglesia de la comunidad. Luego fue trasladado a San Antonio de Barinas, población ribereña del Apure, pero con cierta frecuencia, si lo permitía el tiempo, iba a San Juan de Payara que había quedado sin sacerdote.
En 1775 fundó la misión de Santa Bárbara de Achaguas donde permaneció hasta 1780 y le correspondió recibir al obispo Mariano Martí en su visita pastoral. Se le vio muy dinámico defendiendo a su fundación de Achaguas de las pretensiones del terrateniente de San Carlos Francisco Antonio Villasana quien pugnaba por establecer o revitalizar un hato suyo en esa zona considerada la mejor de ese sector de Apure.
De fray Alonso de Castro se expresa el obispo Mariano Martí: “...parece hombre formal; trabajador, de buena vida [...] parece hombre de espíritu...” El fundador de la Purísima Concepción o San Juan de Payara falleció en sitio no establecido de Venezuela en el año 1791 a los 55 años de edad y 27 de misionero en esta parte de América.

PEDRO CAMEJO


HOMBRE DE GRAN VALOR
Por José Antonio Páez

Los oficiales de mi estado mayor que murieron en esta memorable acción fueron: Coronel Ignacio Melean, Manuel Arraiz, herido mortalmente, capitán Juan Bruno, teniente Pedro Camejo (a) el Negro Primero, teniente José María Olivera, y teniente Nicolás Arias.
Entre todos con más cariño recuerdo a Camejo, generalmente conocido entonces con el sobrenombre deEl Negro Primero, esclavo un tiempo, que tuvo mucha parte en algunos de los hechos que he referido en el trascurso de esta narración.
Cuando yo bajé a Achaguas después de la acción del Yagual, se me presentó este negro, que mis soldados de Apure me aconsejaron incorporase al ejército, pues les constaba a ellos que era hombre de gran valor y sobre todo muy buena lanza. Su robusta constitución me lo recomendaba mucho, y a poco de hablar con él, advertí que poseía la candidez del hombre en su estado primitivo y uno de esos caracteres simpáticos que se atraen bien pronto el afecto de los que los tratan. Llamábase Pedro Camejo y había sido esclavo del propietario vecino de Apure, Don Vicente Alfonso, quien le había puesto al servicio del rey porque el carácter del negro, sobrado celoso de su dignidad, le inspiraba algunos temores.
Después de la acción de Araure quedó tan disgustado del servicio militar que se fue al Apure, y allí permaneció oculto algún tiempo hasta que vino a presentárseme, como he dicho, después de la función del Yagual.
Admitirle en mis filas y siempre a mi lado fue para preciosa adquisición. Tales pruebas de valor dio en todos los reñidos encuentros que tuvimos con el enemigo, que sus mismos compañeros le dieron el título deEl Negro Primero. Estos se divertían mucho con él, y sus chistes naturales y observaciones sobre todos los hechos que veía ó había presenciado, mantenían la alegría de sus compañeros que siempre le buscaban para darle materia de conversación.
Sabiendo que Bolívar debía venir a reunirse conmigo en el Apure, recomendó a todos muy vivamente que no fueran a decirle al Libertador que él había servido en el ejército realista. Semejante recomendación bastó para que a su llegada le hablaran a Bolívar del negro, con gran entusiasmo, refiriéndole el empeño que tenía en que no supiera que él había estado al servicio del rey.
Así, pues, cuando Bolívar le vio por primera vez, se le acercó con mucho afecto, y después de congratularse con él por su valor le dijo:
¿Pero qué le movió a V. á servir en las filas de nuestros enemigos?
Miró el negro a los circunstantes como si quisiera enrostrarles la indiscreción que habían cometido, y dijo después:
Señor, la codicia.
¿Cómo así? preguntó Bolívar.
Yo había notado, continuó el negro, que todo el mundo iba a la guerra sin camisa y sin una peseta y volvía después vestido con un uniforme muy bonito y con dinero en el bolsillo. Entonces yo quise ir también a buscar fortuna y más que nada a conseguir tres aperos de plata, uno para el negro Mindola, otro para Juan Rafael y otro para mí. La primera batalla que tuvimos con los patriotas fue la de Araure: ellos tenían más de mil hombres, como yo se lo decía a mi compadre José Félix: nosotros teníamos mucha más gente y yo gritaba que me diesen cualquier arma con que pelear, porque yo estaba seguro de que nosotros íbamos a vencer. Cuando creí que se había acabado la pelea, me apeé de mi caballo y fui a quitarle una casaca muy bonita a un blanco que estaba tendido y muerto en el suelo. En ese momento vino el comandante gritandoA caballo. ¿Cómo es eso, dije yo, pues no se acabó esta guerra ?Acabarse, nada de eso; venia tanta gente que parecía una zamurada.
¿Qué decía V. entonces? dijo Bolívar.
Deseaba que fuéramos a tomar paces. No hubo más remedio que huir, y yo echó a correr en mi mula, pero el maldito animal se me cansó y tuve que coger monte a pié. El día siguiente yo y José Félix fuimos a un hato a ver si nos daban qué comer; pero su dueño cuando supo que yo era de las tropas de Ñaña (Yáñez) me miró con tan malos ojos, que me pareció mejor huir e irme al Apure.
Dicen, le interrumpió Bolívar, que allí mataba V. las vacas que no le pertenecían.
Por supuesto, replicó, y si no qué comía? En fin vino le mayordomo (así me llamaba a mí) al Apure, y nos enseñó lo que era la patria y que la didblocracia no era ninguna cosa mala, y desde entonces yo estoy sirviendo a los patriotas.
Conversaciones por este estilo, sostenidas en un lenguaje sui generi, divertían mucho a Bolívar, y en nuestras marchas el Negro Primero nos servía de gran distracción y entretenimiento.
Continuó a mi servicio, distinguiéndose siempre en todas las acciones más notables, y el lector habrá visto su nombre entre los héroes de las Queseras del Medio.
El día antes de la batalla de Carabobo, que él decía que iba a ser la cisiva, arengó a sus compañeros imitando el lenguaje que me había oído usar en casos semejantes, y para infundirles valor y confianza les decía con el fervor de un musulmán, que las puertas del cielo se abrían a los patriotas que morían en el campo, pero se cerraban a los que dejaban de vivir huyendo delante del enemigo.
El día de la batalla, a los primeros tiros, cayó herido mortalmente, y tal noticia produjo después un profundo dolor en todo el ejército. Bolívar cuando lo supo, la consideró como una desgracia y se lamentaba do que no le hubiese sido dado presentar en Caracas aquel hombre que llamaba sin igual en la sencillez, y sobre todo, admirable en el estilo peculiar en que expresaba sus ideas.

Tomado de la autobiografía del General José Antonio Páez. Volumen I, Nueva York Imprenta de Hallet y Breen, 58 y 60 calle de fulton 1867